-Gira ahora a la izquierda y hemos llegado-me indicó el chico.
Paró donde él la dijo. Era una amplia y solitaria carretera llena de barro, poblada únicamente por una chabola marrón y verde medio escondida entre los árboles. Se bajó del coche y fue a cerrar la puerta, pero dudó un momento antes de agacharse y preguntarle:
-¿Te gustaría pasar a tomar algo?
Debería haberle dicho que no, haber arrancado, haberse ido a casa y haberse olvidado de él para siempre. Pero era tan grande la curiosidad y tan profunda su mirada... Se bajó del coche abrazando su bolso contra su pecho con fuerza y le siguió. No debía tener tanto cuidado, si el chico hubiese querido robarla ya lo hubiese hecho, ¿no? Él también se dio cuenta porque soltó una risa y le dijo:
-Puedes estar tranquila, no te voy a robar.
Se relajó un poco más y se lo colgó del hombro. La guió entre los árboles, con cuidado de que no se enganchase la falda del uniforme, hasta su casita. Parecía bastante confortable, la verdad, nada que ver con su frío piso en medio de la ciudad. Se preguntó como sería vivir ahí. Tapada con mantas de lana barata hasta el cuello, con el fuego crepitando en la chimenea, con la madera crujiendo a cada paso, en medio del bosque, en medio de ninguna parte. Quizá la gustase. Sería tan diferente a su rutinaria vida...
La abrió la puerta de su casa y la invitó a que pasase dentro. Catherine admiró la facilidad que tenía para dejarla entrar en su casa y quizá un poco en su vida. Entonces la embargó la desconfianza. ¿No era demasiado fácil?¿Y si era entonces cuando la iba a robar?¿O a encerrarla?
Le miró con los ojos abiertos de par en par, inundados por el terror que la producía la idea de haber ido como una tonta hacia la boca del lobo. Pero él parecía demasiado ocupado recogiéndolo todo con bochorno como para fijarse en su cara.
-Siento el desorden-la dijo avergonzado cuando se dio por vencido y admitió que el resto ya no tenía solución.- Una señorita como tú no debe estar acostumbrada a estas cosas, pero por desgracia no me puedo permitir a una horda de sirvientes.
No lo decía con amargura. Parecía que se lo tomaba incluso con humor, que bromea sobre la idea de que él, un chico que apenas tenía nada, le estuviese ofreciendo un lugar durante un rato. Ya no había rastro de la anterior amargura. Eso la hizo sonreír y enrojecer de vergüenza al mismo tiempo. ¿Qué la diría si supiese que le envidiaba? Se pensaría que se estaba riendo de él.
-¿Quieres un café, un té...?
-Un café, por favor.
Fue a preparar dos cafés en una máquina que rompió el silencio de la casa con estruendosos quejidos mientras ella curioseaba en el salón. Todo estaba lleno de colores que no pegaban nada entre sí. Las suaves cortinas eran rojas, el sofá medio roto de un verde lima intenso, la mesa marrón con las sillas a juego y un par de muebles azules con fotos de él y una niña pequeña; todo ello sobre el marco blanco de las paredes.
Catherine fue directa a la fotos. Siempre había opinado que decían mucho de las personas. No había rastro de adultos. ¿Acaso no tenía padres? Sin embargo, había muchas fotos de una niña de suaves rizos castaños hasta los hombros. Las fotos variaban de época, se veía en algunas a un joven chico que debía ser él con unos diez u once años, sosteniendo en sus brazos un bebé. Otras parecían más próximas a esa fecha. El bebé era ahora una niña diminuta con una amplia sonrisa llena de dientes de leche. Estaban siempre sonriendo, ambos parecían muy felices.
Un carraspeo la hizo girarse para ver al chico, que traía dos humeantes tazas en las manos y la misma sonrisa de las fotos en el rostro. Y era una sonrisa muy contagiosa.
Se sentaron ambos en la mesa en silencio. Su nariz estaba limpia de sangre, lo que significaba que había ido a curarse mientras se hacía el café. Un café que, a pesar de estar hecho en una máquina que parecía que iba a explotar de un momento a otro, estaba incluso más delicioso que el de su casa.
Después de un rato en silencio, él se atrevió a romperlo diciendo:
-Creo que después de haberte invitado a casa y a un café, tengo derecho a saber tu nombre.
-Catherine-dijo ella dando un sorbo a su taza.-Catherine Sholeam
viernes, 27 de julio de 2012
domingo, 15 de abril de 2012
Capítulo 1.
El timbre sonó, dando por finalizada la última clase. O quizá sólo la primera del día. Catherine ya no podía distinguir las horas, los días ni los meses. Cada minuto era exactamente igual al anterior. Cada segundo era una repetición lenta, cansina. Era eso a lo que llamaban "rutina".
Otro profesor igual que el anterior llegó: la misma camisa blanca, la misma americana de pana y el mismo maletín marrón. Catherine empezó a dar lentos golpes con el bolígrafo, marcando el lento paso de su vida. Tuvo que parar cuando el profesor dejó de escribir en la pizarra para mirarla y todos se giraron en silencio hacia ella. Así era aquello. Todos estaban callados, acatando silenciosamente el papel que se les había asignado. Como robots programados por un ser frío y calculador. Solo tenían que saber conversar, sacar buenas notas, ir a buenas universidades, casarse con las personas adecuadas, darles nietos a sus padres y sonreír fingiendo que eran felices, fingiendo que eran ellos los que habían elegido esa vida y nadie lo había hecho por ellos.
Dejó de dar golpes y soltó un suspiro de cansancio. Todo volvió a la normalidad. El único ruido que había en la clase era el del rasgar de la tiza del profesor contra la pizarra y el de los bolígrafos contra el papel de los alumnos.
Volvió a sonar el timbre. Cuando todo el mundo comenzó a recoger sus cosas y a salir por la puerta Catherine casi chilló de alegría. Agarró su cara mochila y salió disparada hacia el precioso BMW que la había regalado su padre hacía ya un año por su 16 cumpleaños. Encontró atasco a la salida como cada día y esperó pacientemente a que se disipase. Cuando salió del parking giró a la derecha y continuó recto. Cuando fue a girar a la izquierda se encontró con la calle cortada por un atasco. Golpeó el volante con los dedos, intentando decidir si chuparse todo el atasco o girar hacia la derecha para llegar antes a casa. Ese día no tenía demasiada paciencia, así que dio un volantazo y giró a la derecha. Lo cierto era que no tenía demasiada idea de donde estaba ni hacia donde se dirigía, pero giraba o seguía recto, según su intuición la mandaba.
No se dio cuenta de lo mucho que se había alejado de su destino hasta que las calles no se estrecharon y se volvieron sucias. Miró a un lado y a otro, intentando averiguar donde estaba. No tardo en reconocer que se había metido en la periferia de la ciudad, donde vivía la clase más baja.
Recordó lo que sus padres la habían repetido toda su vida: "Jamás, bajo ningún concepto, te dirijas a la periferia. Lo mejor que te puede suceder allí es que te maten". Paró el coche, sin atreverse a continuar, sin querer ver la miseria y sordidez de aquella gente, de ese lugar. Pero frenar fue el mayor error que pudo cometer.
Un golpe fuerte resonó en el cristal, haciéndola pegar un brinco y empezar a temblar. Un hombre fornido, vestido con una chaqueta vaquera rota por todas partes y una camiseta llena de agujeros, la miraba con unos ojillos marrones maliciosos. Soltó un silbido, añadiendo con voz grave de fumador:
-Un BMW... ¿Cuánto me darán por esta preciosidad, Tony?-se dirigía ahora hacia un hombre con pinta de puertorriqueño que estaba tan sucio que parecía llevar más de una semana sin haber tocado el agua. Estaba apoyado en la parte trasera del coche quitándose la suciedad de las uñas con una navaja oxidada.
Catherine comenzó a temblar de miedo. Intentó arrancar el coche, pero tenía las manos sudorosas y las llaves se escurrieron entre sus dedos. Cuando el primer hombre advirtió que intentaba huir, su cara se contrajo en una mueca furiosa que anunciaba la primera ofensiva. Y así fue, apretó el puño y golpeó el cristal del coche con todas sus fuerzas, haciendo que una raja lo cruzase parcialmente.
Catherine se tumbó echa un ovillo en los asientos delanteros cubriéndose la cabeza con los brazos en un inútil mecanismo de defensa, y comenzó a proferir agudos chillidos que podrían haber acabado de quebrar el cristal. Llegó el segundo golpe con aún más fuerza y los gritos se acentuaron. Catherine esperaba un tercer golpe seguido por una lluvia de cristales, pero esto no llegó a ocurrir. Pero gritaba tan fuerte y tenía los ojos cerrados, que no pudo ver al chico que llegó y, viendo la escena que se desarrollaba ante sus ojos, decidió intervenir en favor de ella, ahuyentando a los dos atracadores.
Catherine solo consiguió reaccionar cuando una mano la tocó el hombro con suavidad. Debido al miedo echo el puño hacia atrás con todas sus fuerzas, sin pararse a mirar a quién golpeaba. Solo oyó la exclamación de sorpresa de un chico un instante después de notar como su puño colisionaba contra una nariz.
Abrió los ojos para mirar a su atracador por última vez y llamar a la policía, pero se quedó quieta al ver que en su lugar había un chico de pelo castaño con apariencia de no tener más de 17 años, que se apretaba la nariz con una mueca de dolor y fruncía el ceño mirándola.
-¿Esta es la recompensa por conseguir que salgas con vida de aquí?¿Que me rompas la nariz?-la preguntó a través de la ventanilla casi rota.
-¿C-cómo?-parpadeó varias veces antes de comprender que aquel chico la había salvado. Su segunda reacción fue bajar la ventanilla y comenzar a disculparse atropelladamente mientras le tendía pañuelos para su sangrante nariz.
-Vale, vale-aceptó él las disculpas con una sonrisa.-¿Estás bien?¿Qué hace una chica de tu clase en un sitio como este?
-Me he perdido. Y todo por querer evitar un atasco-admitió ella. Vaya, ahora se daba cuenta de lo estúpido de esa situación.
-La próxima vez elige el atasco. Cualquier opción es mejor a esta.-Algo en la mirada del chico se oscureció con una muestra de una desesperación tan profunda que a Catherine le hirió el alma.
Entonces comprendió algo que sus padres jamás la habían explicado. La gente de allí no era mala por naturaleza. Aquellos hombres no la habían atracado por puro placer, sino por necesidad. Ese era el destino de la periferia, de la clase más miserable: atacar, de frente o por la espalda, antes de que te atacasen a ti. Ellos no habían elegido nacer ahí, habían intentado sobrevivir como fuese un solo día más. Un día más de vida ya era un regalo, un privilegio que pocos se podían permitir aunque quizá no fuese la mejor opción, dado que un día más de vida comportaba también un día más de sufrimiento. Pero aquella era la vida que les había tocado vivir.
A pesar de todo aquel chico la había ayudado, a pesar de que quizá por aquello no fuese a sobrevivir ni dos días más allí. La había ayudado sin juzgarla por su dinero o su clase social, sin pensar en nada más que en poder ofrecerle una ayuda que nadie le ofrecería ahí. Sin pensar en el dinero que podría sacar de ese coche y todo lo que había dentro.
-¿Te acerco a tu casa? Esa nariz tiene mal aspecto-le ofreció Catherine. Aquello era lo mínimo que podía hacer después de todo.
-Para ser una señorita tienes bastante fuerza-bromeó el chico abriendo la puerta del copiloto.
-Bueno, está comprobado que las apariencias engañan.
Otro profesor igual que el anterior llegó: la misma camisa blanca, la misma americana de pana y el mismo maletín marrón. Catherine empezó a dar lentos golpes con el bolígrafo, marcando el lento paso de su vida. Tuvo que parar cuando el profesor dejó de escribir en la pizarra para mirarla y todos se giraron en silencio hacia ella. Así era aquello. Todos estaban callados, acatando silenciosamente el papel que se les había asignado. Como robots programados por un ser frío y calculador. Solo tenían que saber conversar, sacar buenas notas, ir a buenas universidades, casarse con las personas adecuadas, darles nietos a sus padres y sonreír fingiendo que eran felices, fingiendo que eran ellos los que habían elegido esa vida y nadie lo había hecho por ellos.
Dejó de dar golpes y soltó un suspiro de cansancio. Todo volvió a la normalidad. El único ruido que había en la clase era el del rasgar de la tiza del profesor contra la pizarra y el de los bolígrafos contra el papel de los alumnos.
Volvió a sonar el timbre. Cuando todo el mundo comenzó a recoger sus cosas y a salir por la puerta Catherine casi chilló de alegría. Agarró su cara mochila y salió disparada hacia el precioso BMW que la había regalado su padre hacía ya un año por su 16 cumpleaños. Encontró atasco a la salida como cada día y esperó pacientemente a que se disipase. Cuando salió del parking giró a la derecha y continuó recto. Cuando fue a girar a la izquierda se encontró con la calle cortada por un atasco. Golpeó el volante con los dedos, intentando decidir si chuparse todo el atasco o girar hacia la derecha para llegar antes a casa. Ese día no tenía demasiada paciencia, así que dio un volantazo y giró a la derecha. Lo cierto era que no tenía demasiada idea de donde estaba ni hacia donde se dirigía, pero giraba o seguía recto, según su intuición la mandaba.
No se dio cuenta de lo mucho que se había alejado de su destino hasta que las calles no se estrecharon y se volvieron sucias. Miró a un lado y a otro, intentando averiguar donde estaba. No tardo en reconocer que se había metido en la periferia de la ciudad, donde vivía la clase más baja.
Recordó lo que sus padres la habían repetido toda su vida: "Jamás, bajo ningún concepto, te dirijas a la periferia. Lo mejor que te puede suceder allí es que te maten". Paró el coche, sin atreverse a continuar, sin querer ver la miseria y sordidez de aquella gente, de ese lugar. Pero frenar fue el mayor error que pudo cometer.
Un golpe fuerte resonó en el cristal, haciéndola pegar un brinco y empezar a temblar. Un hombre fornido, vestido con una chaqueta vaquera rota por todas partes y una camiseta llena de agujeros, la miraba con unos ojillos marrones maliciosos. Soltó un silbido, añadiendo con voz grave de fumador:
-Un BMW... ¿Cuánto me darán por esta preciosidad, Tony?-se dirigía ahora hacia un hombre con pinta de puertorriqueño que estaba tan sucio que parecía llevar más de una semana sin haber tocado el agua. Estaba apoyado en la parte trasera del coche quitándose la suciedad de las uñas con una navaja oxidada.
Catherine comenzó a temblar de miedo. Intentó arrancar el coche, pero tenía las manos sudorosas y las llaves se escurrieron entre sus dedos. Cuando el primer hombre advirtió que intentaba huir, su cara se contrajo en una mueca furiosa que anunciaba la primera ofensiva. Y así fue, apretó el puño y golpeó el cristal del coche con todas sus fuerzas, haciendo que una raja lo cruzase parcialmente.
Catherine se tumbó echa un ovillo en los asientos delanteros cubriéndose la cabeza con los brazos en un inútil mecanismo de defensa, y comenzó a proferir agudos chillidos que podrían haber acabado de quebrar el cristal. Llegó el segundo golpe con aún más fuerza y los gritos se acentuaron. Catherine esperaba un tercer golpe seguido por una lluvia de cristales, pero esto no llegó a ocurrir. Pero gritaba tan fuerte y tenía los ojos cerrados, que no pudo ver al chico que llegó y, viendo la escena que se desarrollaba ante sus ojos, decidió intervenir en favor de ella, ahuyentando a los dos atracadores.
Catherine solo consiguió reaccionar cuando una mano la tocó el hombro con suavidad. Debido al miedo echo el puño hacia atrás con todas sus fuerzas, sin pararse a mirar a quién golpeaba. Solo oyó la exclamación de sorpresa de un chico un instante después de notar como su puño colisionaba contra una nariz.
Abrió los ojos para mirar a su atracador por última vez y llamar a la policía, pero se quedó quieta al ver que en su lugar había un chico de pelo castaño con apariencia de no tener más de 17 años, que se apretaba la nariz con una mueca de dolor y fruncía el ceño mirándola.
-¿Esta es la recompensa por conseguir que salgas con vida de aquí?¿Que me rompas la nariz?-la preguntó a través de la ventanilla casi rota.
-¿C-cómo?-parpadeó varias veces antes de comprender que aquel chico la había salvado. Su segunda reacción fue bajar la ventanilla y comenzar a disculparse atropelladamente mientras le tendía pañuelos para su sangrante nariz.
-Vale, vale-aceptó él las disculpas con una sonrisa.-¿Estás bien?¿Qué hace una chica de tu clase en un sitio como este?
-Me he perdido. Y todo por querer evitar un atasco-admitió ella. Vaya, ahora se daba cuenta de lo estúpido de esa situación.
-La próxima vez elige el atasco. Cualquier opción es mejor a esta.-Algo en la mirada del chico se oscureció con una muestra de una desesperación tan profunda que a Catherine le hirió el alma.
Entonces comprendió algo que sus padres jamás la habían explicado. La gente de allí no era mala por naturaleza. Aquellos hombres no la habían atracado por puro placer, sino por necesidad. Ese era el destino de la periferia, de la clase más miserable: atacar, de frente o por la espalda, antes de que te atacasen a ti. Ellos no habían elegido nacer ahí, habían intentado sobrevivir como fuese un solo día más. Un día más de vida ya era un regalo, un privilegio que pocos se podían permitir aunque quizá no fuese la mejor opción, dado que un día más de vida comportaba también un día más de sufrimiento. Pero aquella era la vida que les había tocado vivir.
A pesar de todo aquel chico la había ayudado, a pesar de que quizá por aquello no fuese a sobrevivir ni dos días más allí. La había ayudado sin juzgarla por su dinero o su clase social, sin pensar en nada más que en poder ofrecerle una ayuda que nadie le ofrecería ahí. Sin pensar en el dinero que podría sacar de ese coche y todo lo que había dentro.
-¿Te acerco a tu casa? Esa nariz tiene mal aspecto-le ofreció Catherine. Aquello era lo mínimo que podía hacer después de todo.
-Para ser una señorita tienes bastante fuerza-bromeó el chico abriendo la puerta del copiloto.
-Bueno, está comprobado que las apariencias engañan.
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